El beso
El chico baja del coche. Frío. Cansancio. Mañana luminosa.La pequeña metrópoli mantenía su promesa consumista, propiamente humana, aquella promesa de papel estampado de ilustres calaveras que tanto confortaba los corazones que no aspiraban a dignificar su silueta.
La noche, extraña. Noche clara, salpicada de amenas risas y del conocimiento ingrato de alguna despedida. Sueños, pocos. Media hora tirado en el sofá y poco más mal echado en el asiento trasero del coche, ahogado por el necesario cinturón negro. Cansancio.
Escasos grados rodean su cuerpo. Y en el interior, menos. Frío. El frío tortuoso, evangélico, ese que penetra atropelladamente y hace tambalear los cimientos marfileños del hombre. Frío.
La madre camina. La sigue.
El templo moderno se reclina ante ellos, abriendo la boca para devorar a aquellos que atraídos por las chillonas imágenes o por su propia voluntad se insertan en el vasto laberinto plagado de tentaciones que ha derivado en el centro comercial, social y en ocasiones vital de la contemporaneidad.
Entran.
Entran.
Música de fondo, sazonando la estancia de los eslabones que, fieles a su papel, andan, miran, escogen, pagan. Pero también ríen, imaginan, se divierten, sueñan. No deja de gustarle aquello al chico. Sufre de empatía aguda, lo que le lleva a reaccionar positivamente ante el espectáculo improvisado que le ofrecen las personas que avanzan y retroceden ante prolijos establecimientos que tienden una interesada sonrisa al frente. Interesada, sí, pero sonrisa al fin y al cabo y es lo que muchos de ellos necesitan.
Avanzan.
Los sentidos se afilan, captando cuantos fenómenos luminosos, sonoros o espirituales le ofrece el lugar, disfrutando de ellos como el pastor que disfruta con el vuelo del águila que devorará sus liebres. Meses ha de su última visita a la jungla de rayas blanquinegras, a la caverna cuyo foco lumínico se encuentra en una pared repleta de televisores que vomitan al unísono produciendo sombras engañosas que incitan a comprar.
Penetran en la tienda de ropa.
Telas multicolores les acogen, compitiendo acérrimamente por conseguir un puesto en el armario empotrado de los corazones humanos.
La madre del chico revolotea entre vaqueros, blusas y chaquetas escogiendo por él su atuendo próximo, arrebatando en parte su personalidad. Sólo una pequeña parte de la porción sustraída. La restante se la quitan sus ideas.
Es curiosos cómo los seres, humanos, actúan entre sí. Son capaces de venerar figuras catódicas en pos del reconocimiento público y asimismo de lapidar sombras anónimas que comparten existencia sin dañar su hábitat. Los endémicos odios se perciben finitos desde el exterior de la pecera. En el agua, persisten empecinados en amargar los dulces frutos de la libertad, la igualdad y la justicia.
Un miedo que crece. Una inseguridad que atropella. Un pavor que deslumbra. Un dolor que aturde hasta enloquecer.
La madre elige, el chico camina hacia el probador.
Primitivo temor a que un cuerpo extraño descorra la cortina. Poco importa.
Sale, deja algunas prendas y otras (las menos) se las lleva.
Ahora es el chico el que se abre paso entre las manadas de cuero, piel y algodón en busca de alguna presa sabrosa y factible.
Atrapa unas pocas y regresa al probador.
Primitivo temor a que un cuerpo extraño descorra la cortina. Poco importa.
Sale, deja algunas prendas y otras (las más) se las lleva. Está yendo bien la compra.
El chico se dirige al paraíso azul, desgastado por gusto, roto por rebeldía, oscurecido por pasión y todo junto por el deseo de la aprobación pública más amplia. Busca la perfecta combinación entre equis y eles, entre costuras blancas y bolsillos estrechos.
Encuentra un par de póqueres de jotas entre las malas parejas y los angostos ases.
Levanta la cabeza y le ve.
Medianamente alto, bien construido. Rostro alargado, nariz afilada, tez clara, verdes los ojos, pelo castaño sedoso que se derrama por la frente, las orejas y la nuca, la barba irregular de noche en vela. Sonrisa que deslumbra. Zapatillas Converse All Star negras, vaqueros caídos, abrigo abierto que deja ver una sudadera encapuchada de gruesas franjas horizontales en dos tonos distintos de azul. Es él.
El corazón del chico que da un vuelco plagado de endorfinas, las pupilas que se contraen, los labios que no evitan estirarse en una mueca viva. El brillo que ataca los ojos sin piedad, el brillo del sol naciente de agosto, el brillo dorado de las máscaras egipcias recién descubiertas, el brillo del faro en la noche que distingue Ulises a su regreso, el brillo que, chispeante, envuelve el yunque tosco dibujando preciosistas platas. El brillo extinguido antaño, rebosa ahora toros y leones.
El chico que gira el rostro hacia los jirones tejanos, pero sigue con la mirada la trayectoria del llegado. Éste pasea ojeando aquí y allá, en una demora tan gris que no se distingue del pigmento que cubre la estancia. Se acerca.
El final de su recorrido teatralmente insulso es la vera derecha del chico. Coge y deja vaqueros, rápidamente, con una media sonrisa trazada en el semblante. El olor esperado se presenta, más dulce que el de las flores recién cubiertas de rocío.
Están ahí, los dos, y la gente alrededor aparentemente en sus cosas. Y la madre que sigue revoloteando entre la ropa, distraída.
Sin previo aviso, bellamente, el llegado arroja los vaqueros observados por el chico de un tirón. Uy, perdón. El chico se agacha, el otro, también.
Y tras el azul telón desgastado, se besan.
El mundo que se para. El sol que descansa. La humanidad que (por fin) calla. Las entrañas terrestres que se estremecen. Y en ese instante sólo hay beso.
Cerrados los ojos, el cuerpo tensado, el sabor que se mezcla, la mente se relaja y lo propio hacen los músculos, el peso se aligera y los dientes esperan su turno.
Y como una bomba estallando al lado durante el más profundo de los sueños, los labios que se alejan. Y a los labios sigue la cabeza, y a ésta tronco y miembros.
Y el frío que vuelve, congelando al chico en su sitio, sin dejar que corra para perseguirle y continuar su alimentación vital. Se va. Él se va. Avanza entre los ordenados montones de telas, gana la puerta y se pierde entre la multitud.
El chico vuelve a odiar y a odiarse. La clandestinidad impuesta, el amargo escondite al que obligadamente han de acudir por tal de no ser linchados de cuerpo o mente. La rabia de estar ahí y no poder estar con él. Y la certeza de que en la frase le amo lo importante es el amo y no si es le o es la. Y él le ama.
Ten, pruébate esto. La madre que sigue a lo suyo, dichosamente ignorante.
El chico continúa, vacilante, su misión consumista, mientras espera otra sombra que oculte lo que no debería ser ocultado. Y la tristeza que sustituye a la rabia primigenia, y devora cuanto feliz es en el chico. Hasta el próximo encuentro. El chico que piensa:
Si en el mundo falta amor es porque nosotros lo destruimos.
Enrique
2 comentarios:
Enhorabuena, me ha gustado mucho el relato, realmente consigue transmitir los sentimientos de todos aquellos chicos a los que la falta de amor nos ha hecho tener la vida gris en uno u otro momento. Espero que encuentres tu besante anónimo y mucho más, y que sigas escribiendo para iluminar el hoy estrecho camino de los adolescentes glbt.
XD q relato tan divertido y muuy poetico me encanto
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